

Treinta años después, el viaje de Izertis no ha hecho más que empezar
"Tenemos una visión estratégica clara de hacia dónde queremos ir y lo que queremos hacer y, además, creemos que lo vamos a conseguir. No tenemos dudas, sólo incertidumbres sobre cómo de duro será el camino". Lo dijo Pablo Martín en una entrevista en octubre de 2014. Izertis acababa de comprar la mexicana Cleven y cruzaba el Atlántico por primera vez. Era entonces una fracción de lo que es hoy y casi todo estaba por hacer, pero su fundador y presidente ya hablaba de “una compañía más innovadora, más global y con el mejor equipo”. Doce años después, aquella frase dice más de la empresa que cualquier cuenta de resultados. El camino fue duro. Las dudas, en cambio, nunca llegaron a pesar.
Empezar desde abajo
La historia de Izertis arranca el 26 de octubre de 1996 en un entresuelo de la calle Marqués de San Esteban, en Gijón (Asturias). Un joven de 23 años, sin ahorros y con más intuición que recursos, abrió una oficina para vender, instalar y arreglar ordenadores a los pequeños negocios de su ciudad. Había pocos muebles, todos de segunda mano, y un fax azul que debía conectar aquel despacho con un mercado que apenas empezaba a asomar.
Los primeros años fueron de aprendizaje a la fuerza. En 1998 llegó la primera compra, ChipBip, y con ella una forma de crecer que nunca ha abandonado: desde entonces, Izertis ha integrado 47 compañías. También hubo algún tropiezo. Una cadena de tiendas que valía menos de lo que decían sus números y la irrupción de las grandes superficies pusieron a prueba al fundador, que recordaría después aquella experiencia como "un auténtico MBA".
De esa etapa salió una regla que todavía rige: los compromisos se cumplen, cueste lo que cueste. Sobre esa costumbre se fue levantando la confianza del sector financiero.
Una metamorfosis que no termina
A Izertis le cuesta quedarse quieta. Cuando el mercado local se le quedó pequeño, salió a buscar otros; si un cliente dejaba de crecer, aparecía uno nuevo, y las líneas de negocio que perdían fuelle dejaban paso a actividades distintas. Pablo Martín lo describía como "un proceso de metamorfosis completo y continuo", y la consultora tecnológica hizo suya la expresión. En 2011 cambió de nombre y poco después empezó a caminar por el territorio nacional: primero hacia el País Vasco y luego a Madrid. En 2014 se fue a México, y más tarde llegaron Colombia, Perú y Portugal.
En 2008 la compañía facturaba 3,8 millones de euros con medio centenar de personas. Una década después superaba los 500 profesionales y ya hablaba de la Bolsa.
La palabra dada
El 25 de noviembre de 2019 Izertis tocó la campana del entonces Mercado Alternativo Bursátil. "Esto no es el final de nada. Ni un final de etapa. Es el principio de un gran viaje", dijo su presidente. Minutos antes se había atrevido a declarar ante los medios algo que podía sonar osado: en unos cinco años, la compañía pasaría al mercado principal. En julio de 2025 dio el salto al Continuo, prácticamente en el plazo que se había marcado.
Entre medias quedaron una pandemia, el premio a la Empresa del Año de la Comisión Europea y la entrada en el ranking de Financial Times de las compañías europeas que más crecen, entre otros muchos reconocimientos. Hubo además una decisión que no figura en los balances: mantener la sede social en Gijón, a pesar de la recomendación de trasladarla a Madrid.
Lo que viene
Izertis cerró 2025 con 166,9 millones de euros de ingresos. Trabaja desde oficinas en Europa y América para la banca, la industria, la defensa, el sector aeroespacial, la sanidad y la administración pública, y ha sido la primera consultora tecnológica española certificada en ISO 42001, la norma internacional de gestión de la inteligencia artificial.
Ninguna de esas cifras es un punto de llegada. El Plan 2030 apunta a 500 millones de euros de ingresos y 65 millones de EBITDA normalizado, lo que supone triplicar lo facturado en 2025. Para conseguirlo, el objetivo de la compañía es que la mitad del negocio llegue de fuera de España. Seguirá comprando empresas para ganar dimensión en un sector muy fragmentado y reforzará su oferta en inteligencia artificial y ciberseguridad, dos terrenos donde se decidirá buena parte de la próxima década.
La IA ocupa el centro de esa mirada. Izertis no la ve como una amenaza, sino como una palanca de productividad que irá entrando poco a poco en las organizaciones, al ritmo que permitan sus sistemas, su cultura y su gente. La convicción de la multinacional es que la tecnología acabará al alcance de todos y que ganará quien mejor sepa integrarla. Por eso la empresa da prioridad a formar y atraer a los perfiles que esa transformación necesita.
Es la intuición de 1996 con otras herramientas: ver lo que viene antes de que se vea y llegar un poco antes que los demás. Entonces la novedad era que una pequeña empresa pudiera conectarse a internet. Hoy es que una organización entera aprenda a trabajar y a sacar potencial a la inteligencia artificial.
Hace mucho que el fax azul dejó de sonar. La frase de 2014, en cambio, sigue vigente. Izertis afronta su cuarta década con una visión clara de hacia dónde quiere ir y la convicción de que lo conseguirá. Las incertidumbres son las mismas de entonces: cómo de duro será el camino. Pero aquel día de 2019, en el parqué madrileño, Pablo Martín ya lo había advertido: nada de aquello era un final.
Treinta años después, el viaje no ha hecho más que empezar.